miércoles, 22 de octubre de 2008

Aislados en los montes de Birmania, las tribus nomadas resisten


Aislados en las montañas. Muchas tribus del estado Shan viven al margen del resto de Birmania. Pero sienten una gran curiosidad por saber cómo es el mundo más allá de Kalaw y Nyaungshwe, las poblaciones con electricidad más cercanas. Allí se acercan una vez a la semana para vender los vegetales que cultivan. A pie o en buey. Porque no hay carreteras asfaltadas por las que pueda circular un coche, sino estrechos caminos de tierra y barro, que quedan inundados entre julio y octubre por diluvios monzónicos.

La vida no ha cambiado un ápice en décadas. Todos se levantan al amanecer, y hombres, mujeres y niños salen hacia el campo antes de las ocho de la mañana. Ellos vestidos con longyis, las tradicionales faldas largas a cuadros que usan casi todos los birmanos. Ellas con la cara maquillada con tanaka, una crema amarillenta de corteza de sándalo molida y mezclada con agua. Llevan turbantes de vivos colores que distinguen a las tribus danu, pa-o y palaung. Cultivan té, arroz silvestre, gengibre, guindillas, berenjenas y tomates en laderas empinadísimas.

Las aldeas quedan desiertas durante el día, a excepción de los que son demasiado mayores o pequeños para trabajar y quienes están gravemente enfermos. Cualquier extranjero es invitado a conversar en el interior de sus casas, siempre en penumbra por el pequeño tamaño de las ventanas y el humo que desprende la cocina de leña y las varas de incienso.
Sabor amargo

A los visitantes se les ofrece té, puros birmanos y nueces de betel –populares por sus propiedades estimulantes–, enrolladas en hojas de parra. Con solo mascar una, la boca se llena de un sabor fuerte y amargo y los dientes se tiñen de rojo en cuestión de segundos.

Las conversaciones se alargan durante horas, ya que no es posible saciar la curiosidad de quienes no tienen ni siquiera una radio o un televisor desde los que asomarse al mundo. Quieren saber cómo es posible que se tarde la mitad de tiempo en recorrer los 12.000 kilómetros que separan Europa de Rangún que los 800 kilómetros que median entre la capital birmana y su pueblo. Del mismo modo intentan imaginar cómo es la vida y el trabajo en ciudades remotas que nunca han visitado.